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Han pasado ya más de cincuenta años, pero la labor realizada por estas personas sigue siendo realmente necesaria, al igual que la de sus comerciantes y hosteleros/as. Adaptarse a los nuevos tiempos en un mundo globalizado no parece ser tarea fácil, nadie dijo que fuera a serlo, pero puede que estemos ante una nueva gran oportunidad. ¿Y si esta vez no la dejamos escapar?
Frente a las grandes superficies que acaparan el mapa urbano de nuestra ciudad, encontramos hoy nuevos comercios y bares que vecinas procedentes muchas de ellas de lugares lejanos han ido abriendo tras realizar un gran esfuerzo, tejiendo así una nueva red comercial en un barrio que se apaga en cada cierre de persiana de sus tiendas de toda la vida. Las calles vacías y solitarias de Errota empiezan muy poco a poco a llenarse de nuevas realidades y formas de vida, de colores, sabores y olores que a muchos aun no nos resultan tan cotidianos, pero que harán que nuestro día a día en el barrio sea cada vez más amable, y cercano. En definitiva, un sitio compartido donde comprar todo aquello que necesitamos para vivir y convivir.
El trabajo del viejo molino no ha cesado en todos estos años y así debe seguir siendo, peleando por unas condiciones de vida dignas para el vecindario, enfocando su fuerza hacia un nuevo espacio tan desconocido e incierto aún en ocasiones, como necesario e ilusionante, que todas queramos habitarlo. Un lugar con esencia propia, de barrio, que con el tiempo forme parte de nuestra memoria colectiva e historia personal. Quien quiera perdérselo que lo haga, pero al resto
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